domingo, 16 de octubre de 2011

El Ocaso del Porfiriato

Tras décadas de paz, orden y progreso porfiriano, habían transformado al país. Aparentemente México se encaminaba hacia la prosperidad, tenía un sólido desarrollo económico y una planta industrial en pleno crecimiento. La gran mayoría de la población se beneficio poco del bienestar y sufría las injusticias que provocaban la concentración del poder y la riqueza en unas cuantas manos. En el campo millones de campesinos vivían en condiciones  deplorables, mientras cinco mil hacendados eran dueños de la mayor parte de las tierras cultivables del país. Políticos mexicanos y empresarios extranjeros llegaron a acaparar enormes extensiones en el norte del país a precios risibles y pasando por encima de los derechos de los pequeños propietarios.
En Yucatán y Sonora, los grupos indígenas que se opusieron al despojo de sus tierras fueron reprimidos y trasladados a lugares inhóspitos. En las ciudades, los obreros tampoco gozaban de los beneficios del porfiriato: trabajaban largas jornadas a cambio de salarios insuficientes. La clase media, compuesta por técnicos, maestros y abogados, gente con educación y aspiraciones políticas, se convirtió en la principal crítica del gobierno porfirista al ver el poder y la riqueza se mantenían en manos de unos cuantos. A las elites del país, grandes empresarios, comerciantes y latifundistas, les preocupaba la transmisión del poder presidencial.

Don Porfirio  estaba a punto de cumplir ochenta años y no se decidía a escoger un sucesor. Los norteamericanos favorecidos por Díaz recelaban de su política cada vez más independiente y nacionalista, a tal grado que el presidente de Estados Unidos decidió entrevistarse con el. La cacareada paz estaba a punto de derrumbarse. Las expresiones de inconformidad comenzaron a brotar en algunas regiones del país; hubo huelgas en Cananea y Río Blanco, se crearon partidos políticos y periodos de oposición.

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